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Razors in the Woods

Entry only available in Spanish.


Por Lorenzo J. De Rosenzweig Pasquel
Director General, FMCN

Las opiniones aquí expuestas son personales y no reflejan necesariamente las opiniones de FMCN.


El ruido, o el impacto de la contaminación por ruido, es cada vez mayor. Inclusive, existe un término para definir el ruido producido por las actividades humanas: antropofonía. Desde el caótico tráfico vehicular hasta el bullicio de los medios de comunicación, el ruido nos acompaña diariamente y tiene un efecto negativo en la salud humana y en muchas otras formas de vida con las que compartimos el planeta.


Estudios científicos han revelado que el nivel de ruido generado por las actividades humanas se duplica cada 30 años. En Estados Unidos, el tráfico vehicular en las carreteras se ha triplicado entre 1979 y 2007; dado que 83% de la superficie de ese país está a menos de un kilómetro de distancia de una carretera, amplias partes del territorio y de la población reciben el impacto del ruido de los vehículos motorizados. 

En cuanto al ruido ocasionado por el tráfico aéreo, las estadísticas son aún más preocupantes. Entre 2000 y 2016, el tráfico aéreo aumentó 30% en los países desarrollados; las autoridades aeronáuticas calculan un alza adicional de 90% en los siguientes 20 años. Aunque los aviones comerciales son cada vez más silenciosos, el crecimiento del tráfico resultará en un incremento considerable del ruido ambiental al que estamos expuestos. En conjunto, en las últimas tres décadas, las actividades humanas han elevado el nivel de ruido de fondo en 30 decibeles.

Además, los medios de comunicación y la publicidad, ese embate permanente de noticias y ofertas, colman nuestra mente cada minuto, haciendo de nuestro cerebro un sitio con mucho tráfico. No sorprende, entonces, que a menudo nos invada una sensación de cansancio, ansiedad o saturación.

Investigaciones médicas indican que el ruido propicia cuadros de hipertensión en la gran mayoría de las personas y afecta el aprendizaje en los niños. Asimismo, el ruido en espacios naturales compromete la apreciación de los valores paisajísticos de quienes buscan en la naturaleza una experiencia relajante o terapéutica.

El estado de paz o alerta tranquila, tan apreciado por los maestros zen, los deportistas y los poetas, entre otros, se da únicamente cuando en nuestro cerebro imperan las ondas alfa, las cuales se producen al disfrutar de un entorno silencioso y armonioso, como el de un espacio silvestre, por ejemplo. 

Por fortuna, no todos los lugares que frecuentamos padecen el ruido de los vehículos motorizados. Todavía nos quedan algunos espacios naturales libres de ruido, como bosques, desiertos, playas, estuarios, manglares y lagos.

Uno de esos sitios es la Sierra de Arteaga, la cual visito cada sábado desde hace más de treinta años. Esta zona de montañas y valles, muy cercana a Saltillo y Monterrey, es un oasis silencioso. Ocasionalmente, una chara pechigris, una alondra o un vehículo de la comunidad rompe el silencio, que de inmediato vuelve a cubrir el paisaje con su sereno manto de paz y quietud.

Primero con curiosidad, después con asombro y ahora con preocupación, soy testigo de un nuevo fenómeno dentro de este entorno natural. Es algo así como la versión Mad Max de aquellas caravanas de cuatrimotos y motocicletas cross que hasta hace un par de años eran los únicos vehículos todoterreno que cruzaban estos parajes. Es una moda que llegó de pronto y es difícil de explicar. 

Me refiero a los vehículos tipo razor, todoterrenos tubulares adaptados para brechas y equipados con las mejores llantas, suspensión, asientos, medidas de seguridad y poderosas luces y bocinas. En su interior, se acomodan dos tripulantes con trajes de motociclistas y cascos protectores con mica reflejante. La mayoría de las veces circulan en grupos a una velocidad excesiva, incongruente con el paisaje, y con música en volumen máximo. Da la impresión de que viajan desconectados del entorno, lo cual representa un riesgo para las personas que comparten el camino con estos vehículos. 

Son muchos los impactos negativos y pocos los beneficios colectivos que resultan del uso no regulado de estos y otros vehículos todoterreno. Para empezar, provocan serios trastornos en nuestros espacios naturales y en las comunidades rurales que habitan en ellos. En mi opinión, el principal riesgo es la posibilidad de un atropellamiento o una colisión con otros usuarios de las brechas, ya sean visitantes, conductores de las comunidades rurales o niños. 

Otra agravante es el sistemático deterioro de caminos y brechas por el tránsito a alta velocidad de estos vehículos, que se suma a la contaminación visual y sonora, y en algunos casos, la generación de basura. No menos importante, aunque intangible, es el impacto social que causan al subrayar la enorme desigualdad socioeconómica del país. 

Por otra parte, cuando los vehículos todoterreno abandonan el camino y transitan por arroyos y cañadas, perjudican los cuerpos de agua y la biodiversidad; y en las épocas críticas de riesgo de incendio, en especial entre enero y agosto, el encendido de fogatas y la irresponsable disposición de colillas de cigarro representan una amenaza adicional para estos frágiles ecosistemas templados que son fuente de agua y aire limpio para la sociedad.

El uso de vehículos motorizados para dominar, abusar y degradar la integridad ecológica de los espacios públicos es inaceptable, en particular en un país cuyo capital natural ya ha sido severamente impactado y deteriorado en los últimos cincuenta años. 

Creo en el derecho que todos los mexicanos tienen de transitar libremente y en el vehículo de su preferencia. Sin embargo, cuando esa libertad vulnera los derechos de otros, es momento de sentarnos a conversar. Es tiempo también de que las autoridades tengan un diálogo constructivo con los dueños de los vehículos tipo razor y otros todoterrenos, para acordar reglas de conducta y un código de civilidad que nos permitan a todos disfrutar de los bienes comunes, como los espacios silvestres, el silencio, la quietud natural y la seguridad al recorrer una brecha rodeada de montañas. 

Los retos colectivos se resuelven asumiendo nuestra responsabilidad individual.

La recreación en espacios naturales no debe significar la apertura de nuevos caminos ni la afectación de los valores que caracterizan a nuestro generoso y biodiverso país, sino, más bien, la oportunidad para construir receptividad y empatía en las personas que gozan y comparten la fascinante geografía y los maravillosos paisajes de México.


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@ Pavel Venegas>
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